Hay veces que los caparazones se apelmazan, se vuelven frágiles, como de felpa, suaves, y cada palabra que cae de las bocas se vuelven gotas y se estampan en él dejando aureolas tornasoladas, se derraman a través de las grietas, forman ríos pastosos y coloridos, donde los monosílabos son peces que navegan descifrando metáfora, las melodías espumantes recubren de azares la vísceras de cada ramificación, y los acróbatas como expertos somníferos se deslizan realizando ritos sobre una colección antiestética y empalagosa de mitos dormidos, de verdín y suspiros. Otras veces los caparazones no son mas que escudos magnéticos contra la sublime espera, y incrustadas danzan las mariposas que derraman desde sus pupilas un humo abrumador, se enredan con las persianas de prismas que acogen los huecos, las heridas, las ideas reprimidas se envejecen y mutan durante un alba celeste después de despojarse de su encanto nocturno, que junto a la luna, experimentan las promesas que se abrochan a el discreto y etéreo material acarminado.
Otros decidimos arrancarnos los caparazones que alguna vez construimos por algún motivo o razón, una vez descubiertos recogemos los retazos que quedaron varados, los observamos, los guardamos en una bosita, en un cajón, adentro de un libro, en el bolsillo, o lo tiramos al tacho de basura.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
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