Esa mañana no me despertaba, la madrugada me había sorprendido con los ojos abiertos esperando el alba, había dejado escurrir el tiempo entre pinturas y humo, entre charlas e infusiones.
Tenia que cumplir con una obligación, tenia que llevar a cabo una tarea, de la cual ya me había olvidado, a la cual ya le había sacado el carácter de peso que sabe llevar todo lo que hacemos o intentamos hacer a modo de actividad. Cumplir.
Yo me había dejado fluir en una noche otoñal que me encontraba madrugando a las 2 y 30. Pero el reloj dio las 8 como todos los días, el tiempo pasa a delimitarnos. Y nos rendimos a el como presas de su propia dictadura, como servidores de su disposición y su antojo universalmente acomodado por quien sabe quien.
En fin, tome mis cosas, que no eran muchas, las metí en un bolso un tanto pequeño, y en una mano cargaba enroscados y arrugados papeles manuscritos por mi, resumidas millones de palabras, a solo un par. Memorias de algún ególatra que creyó comprender algo del mundo, del ser, de la vida, del todo, de la nada, del mundo, instaurando su visión, creando sus propias perspectiva de las que ahora yo suelo alimentarme, solo intelectualmente, de las que suelo dudar, confiar hasta cierto punto, burlarme o admirar.
Baje por el ascensor y ojala hubiera visto árboles añejados y pelados, con sus hojas muertas descansando a modo decorativo sobre sus raíces a medio enterrar. Pero no.
Como participe de la globalización y la tecnologizacion, por que no soy mas que participe y eso no es ser partidario. Encendí mi reproductor. Y como me pasa usualmente una canción me sorprendió cruzando la puerta que dividía mi mundo de el que suelen llamar realidad.
Y la mañana era extrañamente deliciosa a la vista, la neblina cubría la inmensidad de la ciudad con su audaz encanto borroneando los objetos, los rostros, el cielo gris y los cuerpos desdibujados caminando, como siempre un ritmo arrebatador, como nunca, a mi propio ritmo.
No pensé y desvié mi camino para hacerlo más largo. Todas las imágenes pertenecían a otro lugar, a otra época, de la cual solo quedan algunos rastros materiales, que ese día habían salido a pasear a relucirse mágicamente todos juntos.
Solté mi pelo, solté su belleza y su brillo, tácitamente visible. Me deslice por una peatonal abrumada, camperas de cuero, sacos largos, lentes negros, disfraces de invierno, de un invierno humedecido por una canción, que solo sonaba para mi.
Y todos absolutamente todos, desde las bicicletas, los perros, las paredes, los trabajadores bancarios, las señoras que hacen mandados, los miradores de vidrieras, los de la librería, los de las galerías, los chicos que frenan el taxi, los tacheros, los colectivos, todos, eran parte del mismo cuadro,.
miércoles, 14 de enero de 2009
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