Pesada pero rápidamente subo las escaleras, una sensación presiona mi pecho y apurada recorre todas las extremidades de mi cuerpo. Abro la puerta, el cielo me espera, mis ojos se abren con el aire, respiro, los cierro y siento como el viento mueve mi cabello razonado suavemente mi piel. Una decena de palomas se alejan aleteando asustadas, me siento en el piso que continua tibio por el calor, arriba mío un puñado de mullidas nubes grises se amontonan, me recuesto, las miro y minúsculas gotitas comienza a llover sobre mí.
Me paro y luego giro, el sol cae bruscamente al final de la ciudad, de acá se puede ver completamente el horizonte, un amarillo atardecer se dibuja aclarando el cielo que por allá permanece celeste.
Puedo sentir como la temperatura se despende del suelo, envuelve mis pies y se desliza por todo mi cuerpo elevándose al cielo. Miro hacia arriba, el agua delicadamente rocía mi cara, como lagrimas que brotan de mis poros, sonrío, y yo también me elevo.
Voy hasta allá y regreso.
Te encuentro observando el cielo.
Que es el mismo que el mío.
Tan cerca pero tan lejos.
El silencio, el olor a tierra mojada, el humo, me olvido.
Y observo sobre lo alto como todo muta delante mio.
miércoles, 14 de enero de 2009
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